“Si hubieras estado en Utopía, como yo lo he estado; si hubieses observado en persona las costumbres y las instituciones de los utopianos, no tendrías dificultad en confesar que en ninguna parte has conocido república mejor organizada. Yo estuve allí durante cinco años, y hubiera estado muchos más, de no haberme tenido que venir para revelar ese nuevo mundo.” (Moro, 1984, p. 107-108).
Existen
dos textos que, como pocos otros, han impactado la historia del pensamiento
político: La República de Platón y la Utopía de Tomás Moro. A
estas dos obras las une no sólo una larga tradición filosófica y algunas
consideraciones respecto del buen gobierno, sino también, y, sobre todo, las
preguntas por la relación entre el pensamiento y la realidad política. Ambas
obras se encumbran como las máximas muestras de la capacidad que tiene el ser
humano para pensar, sobre todo cuando se trata de pensar cuestiones que atañen
a la comunidad política. No obstante, el fin último de estas obras no es la mera
exposición de una idea, sino explorar la manera en que esta idea se relaciona
con la realidad: ¿cómo se confrontan, se agreden, se transforman y se generan la una a la otra?
Platón
escribió La República en el siglo IV antes de cristo. En esta obra, uno
de los filósofos más influyentes de todos los tiempos, reflexiona acerca de la
justicia, de la verdad y el gobierno. Para Platón, la justicia sólo es posible en
un Estado Ideal, también considerado el Estado Verdadero, y a su vez, el Estado
Ideal sólo es posible si la comunidad política se organiza con base en la
justica. Gran parte de las ideas que el filósofo desarrolló en esta obra están
arraigadas en el pensamiento de aquello que ha devenido en llamarse occidente,
y cuyo pálido reflejo son las instituciones que hoy nos gobiernan.
Muchos
siglos después, en el abismo del tiempo comprendido entre el fin del Medioevo y
el inicio del Renacimiento, un hombre inglés llamado Tomás Moro escribe su Utopía.
Influido por las escuelas de pensamiento del humanismo cristiano y el
neoplatonismo, y por la situación nada deseable de la política de la Inglaterra
del siglo XVI, Moro escribe una obra en la que, a través de los juegos de
palabras y el diálogo entre personajes, se ejecuta una audaz crítica social. La
misma palabra ‘utopía’, es producto de la ironía de Moro.
De la caverna a la utopía.
Uno
de los pasajes más recordados de la obra de Platón es el mito de la caverna. En
él se nos cuenta la historia de un grupo de hombres que, encerrados y
encadenados en una caverna durante toda su vida, ven pasar sombras a las que
toman por objetos verdaderos. Para ellos las sombras de personas, carretas y
animales no son sombras, son las personas de carne y hueso, son las carretas
mismas, son los propios animales. Para ellos las sombras son toda la verdad ya
que es lo único que su propia realidad les permite conocer.
En
un día cualquiera de la vida de estos hombres, uno de ellos consigue salir de
la caverna. Al salir puede ver la luz del sol, más fuerte y luminosa que la que
expedía la antorcha que iluminaba la caverna. Puede ver también a las personas
que caminan hacia él, y a los animales que vienen con ellas. De pronto, aquel
hombre que ha pasado toda su vida encerrado en la caverna, se ha dado cuenta de
que ha vivido una mentira, que lo que él conocía como personas no eran personas,
eran tan solo las sombras de la verdad. Este hombre se ha dado cuenta de que la
realidad es una maraña de ficciones, y que, para conocer la verdad, hay que
salir de esta y observarla desde afuera.
De
esta manera Platón representa la dicotomía entre la realidad y el mundo de las
ideas. La realidad es una caverna, una limitación no solo a nuestras acciones,
sino también al alcance de nuestro conocimiento. Para Platón, esta realidad
política en la que vivimos es una cárcel diseñada a partir de engaños, y
cualquier intento de organización política que aquí se lleve a cabo, es sólo la
sombra, un vano simulacro del Estado Verdadero, del Estado Ideal. El mundo de
las ideas, por otro lado, es el lugar de las verdades puras y eternas, y sólo
allí es posible conocer el Estado Verdadero, aquel que es regido por la más
perfecta justicia entre los hombres.
Moro
fue sin duda un gran lector de Platón, por lo que, entre las páginas de la Utopía,
no es raro encontrar menciones directas e indirectas al pensamiento platónico. Desde
la propiedad común de los bienes hasta la forma en que se idea el concepto de
‘utopía’, están marcadas por la presencia de Platón en la consciencia
filosófica de Moro. Esto no significa, sin embargo, que a Moro le falte
originalidad, pues más allá de las influencias recibidas, este autor supo
construir algo nuevo.
Como
ya lo había mencionado, la palabra ‘utopía’ es producto de un juego de palabras
inventado por Moro. Del griego ‘topos’ que quiere decir ‘lugar’, y ‘ou’ que
quiere decir no, ‘utopía’ es por tanto un no-lugar. Además, la raíz griega ‘eu’
que quiere decir ‘bien’, también cabe en este juego de palabras, y ‘utopía’ es
por tanto un buen-lugar. Moro quiso dar a entender con este juego que aquel
buen-lugar, ejemplo de buen gobierno, no tiene un lugar en nuestra geografía.
La
utopía no se busca en los mapas, ni recorriendo los lugares más recónditos de
este mundo, porque la utopía no está aquí. Pero entonces, ¿dónde está? Esto
hace recordar un pasaje de la Biblia en el que Jesús le dice a Pilato “Mi reino
no es de este mundo”. Pero más que nada, hace recordar a la filosofía de
Platón, donde el Estado Verdadero sólo existe en el mundo de las ideas. En
efecto, la utopía es la comunidad política por excelencia, donde es posible la
justicia, la felicidad y el bienestar de todos los ciudadanos y, para bien o
para mal, sólo existe en el mundo de la ideas. La utopía no está aquí, no hay
que buscarla aquí. Es nada más un reflejo irónico de lo que no somos.
Y
si no está aquí, si no existe aquí, si es imposible que en nuestra realidad
política se den algo más que sombras de aquella utopía, ¿para qué molestarse en
conocerla? Platón respondería que observar la utopía es la única manera de
conocer la verdad, la única manera de entender que vivimos encadenados y entre
sombras, entre los fantasmas de lo verdadero, sometidos a una realidad engañosa.
Para Moro la cuestión es más terrenal: se trata de poder ver la realidad, cuestionarla
y transformarla, porque la utopía es fundamentalmente una crítica de la
realidad política, y un proyecto político alternativo a esta.
En
la Utopía de Moro se desarrolla una crítica de la Inglaterra de su época,
con Enrique VIII a la cabeza del poder, un rey tiránico y despótico; con el
incipiente capitalismo de la industria de la lana dejando a las personas sin
tierra, y por tanto sin comida y sin más opción que ir a robar en las ciudades.
Tiranía, lujo, desigualdad, pobreza y violencia eran la realidad política, la
caverna a la que Moro anteponía su Estado Ideal, su Utopía, el proyecto
político del humanismo cristiano.
El aventurero, el navegante, el rebelde.
Existe
otro aspecto esencial al momento de reflexionar sobre la relación entre el pensamiento,
aquel mundo de las ideas donde habita la utopía, y la realidad política que,
como la caverna, nos encierra y nos condena a vivir en el engaño. Me refiero al
pensador, al filósofo, ese sujeto que por determinadas causas logra salir de la
caverna, arribar a la utopía y regocijarse en la perfección que esta plantea
mientras se desengaña de la realidad que hasta ahora había podido conocer. ¿Quién
es el filósofo?, ¿cuál es el lugar de este sujeto, tan arraigado en el mundo de
las ideas, en la realidad política?
Para
Platón el filósofo es el sujeto que sale de la caverna, es el que se aventura
fuera de esta para llegar a la verdad. Esta imagen, surgida de un mito, posiblemente
esté inspirada a su vez en otro mito: el de Ulises tratando de llegar a Ítaca, viéndose
obligado una y otra vez a enfrentar los peores tormentos y tentaciones para evitar
quedarse en el camino. Entonces, si la Ítaca del filósofo es la verdad, podríamos
decir que Utopía es la Ítaca de quien piensa la política, puesto que, como
comunidad política por antonomasia constituye la verdad contrapuesta a las
ficciones y engaños de la realidad política.
El
pensador político, pues, tiene una Ítaca, una Utopía hacia la cual viaja porque
tiene presente que ahí está su destino. Este sujeto cuestionará incluso su
destino, dudará de si mismo y del viaje que está haciendo, pero no lo entenderá
como escollos que entorpecen su camino, sino como el camino mismo. El pensador
sabe que para conocer la verdad hay que cuestionar incansablemente, tiene
presente que en el camino se encontrará con lo desconocido, con las dudas, con los
problemas del mundo de las ideas y de la vida misma. Como antiguo morador de la
caverna, no está exento de enfrentar los dilemas propios del mundo de las
ideas, y como ser humano no es inmune a los problemas de la vida: el tiempo, la
angustia, la muerte.
Moro
lo expresa en su Utopía de una forma más sucinta. Rafael Hitlodeo, el protagonista
de esta obra y quien nos descubre la isla de la Utopía, es descrito como un navegante
al estilo de Ulises y al estilo de Platón (Moro, 1984, p. 69). Es un navegante
al estilo de Ulises porque nunca abandona la esperanza de llegar a su Ítaca, y
es un navegante al estilo de Platón porque sus viajes no se inscriben en la
geografía, sino en el mundo de las ideas. Este navegante del pensamiento llegó
alguna vez como por casualidad a Utopía, donde conoció su forma de gobierno,
sus gentes, sus instituciones, sus prácticas sociales y sus costumbres más íntimas.
Hitlodeo, en definitiva, conoció y vivió la Utopía. Pero como todo navegante
que debe regresar a su tierra, el filósofo debe regresar a la caverna.
Para
Platón, el filósofo debe regresar a la caverna porque, como conocedor de las
verdades eternas, tiene el deber de enfrentar los engaños de la realidad política.
Además, sería ideal que el propio filósofo se hiciera con el poder, como única manera
de procurar la existencia de un gobierno justo. Para mí, sin embargo, el
filósofo no debería gobernar, ya que, si su fin último es la verdad, no puede
estar dedicado a una actividad cuyos fines muchas veces no coinciden con esta,
y que incluso no escatima en utilizarla como un medio para el dominio de unos seres
sobre otros.
Para Moro, en cambio, el lugar del filósofo en nuestra realidad política no está en el poder, ni con los poderosos (Moro, 1984, p. 95). Esto no significa, de ningún modo, que el filósofo deba permanecer en el mundo de las ideas, satisfecho de haber llegado a la Utopía, ni metido en aquella torre de marfil que poco a poco se transforma en su propia caverna. El lugar del filósofo esta entre los gobernados, entre los que aún no se desatan las cadenas, no como profeta poseedor de la verdad, sino como incitador, provocándolos a desafiar la realidad que conocen, a cuestionarla y transformarla. En este sentido, el pensador es un sujeto subversivo, un agente de rebeldía en la comunidad política.
Epílogo.
La
utopía es, pues, la crítica a una realidad política que nos oprime, alimentándose
de las injusticias del mundo, y es a su vez una alternativa, o muchas, para construir
una mejor comunidad política, una más justa, más libre y feliz que la que el
tiempo, la historia y los hombres han podido construir hasta hoy. Quien piensa la
política tiene en la utopía una fuente inagotable de verdades con las cuales cuestionar
la realidad, y es su deber, su último destino, enfrentarse al poder, en tanto que este se constituye como enemigo
de la verdad, la justicia, la libertad y la felicidad de los individuos y de la
comunidad política que habitan.
Moro,
al igual que Sócrates y tantos otros desde el comienzo de la historia hasta
nuestros días, murió a manos del poder por atreverse a cuestionarlo, a
desafiarlo proponiendo nuevas y mejores formas de vivir en sociedad. Pero incluso
después de la muerte siguió inspirando a quienes deseamos una realidad política
diferente.
Referencias bibliográficas.
Platón
(1986) Diálogos IV República. Editorial Gredos.
Moro.
T. (1984) Utopía. Alianza Editorial.

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