La modernidad es un concepto que a menudo parece demasiado abstracto. Sin embargo, basta con revisar minuciosamente cada una de las ideas y los sucesos que convergen en ella, para darse cuenta de que es un concepto tangible. Tan tangible como lo puede ser una religión, su forma de entender este mundo y el otro, la representación que se hace de la Divinidad, los comportamientos que va determinando. Tan tangible como lo puede ser un grupo humano cuyas prácticas transformaron en un proceso de siglos la estructura social, política y económica de Europa y del mundo entero.
La Reforma protestante y la burguesía no son meras abstracciones del intelecto, son por el contrario experiencias históricas que configuraron una era y al mundo que habitamos hoy. No son la modernidad toda, apenas una parte, una muestra de lo que Occidente devino, pero permiten ver, casi tocar, a la modernidad en toda su complejidad. Estado, ley, burocracia, capitalismo, industria, comercio; en sus raíces se entretejen las vidas profanas de las primeras urbes y los sermones recalcitrantes de un Calvino y un Lutero. La burguesía y la Reforma no son, pues, fenómenos aislados, sino que hacen parte del mismo proceso histórico. Entonces, este ensayo pretende explicar la relación entre estos dos fenómenos en sus dimensiones sociales, culturales, políticas y económicas, y cómo determinaron las estructuras modernas.
El protestantismo, un cristianismo urbano.
Alrededor del siglo XI comienza el desarrollo urbanístico de la Europa Medieval. Las antiguas ciudades romanas pasan por un reavivamiento, y las viejas abadías se convierten en importantes centros de producción y de mercado. Las personas que habitaban estas urbes, también llamadas villas o burgos, adoptaron prácticas sociales, culturales y económicas que, con el tiempo, fueron distanciándose cada vez más de las normas tradicionales de la sociedad cristiano feudal. La vida en el entorno urbano traía consigo una serie de retos y de oportunidades, dejaban espacio para ciertos actos, hábitos y experiencias que moldearon una nueva moralidad, una nueva forma de entender y comportarse en el mundo.
El mundo se fue racionalizando y secularizando, es decir, que las explicaciones a lo que pasaba, desde el movimiento de los animales hasta el poder del rey, dejaban de estar sometidas a lo sobrenatural y lo divino; no se niega a Dios, pero se lo expulsa de este mundo. Surgió el individuo, posicionándose como el principio de toda sociedad, como resultado de las prácticas económicas y las nuevas formas de poder urbano, que eran en su mayoría contractuales e independientes del poder del rey o del señor feudal. El trabajo pasa a ocupar la mayor parte del tiempo del individuo, pues así lo exigía la vida urbana. El lucro, en forma de acumulación de dinero, deja de verse como un pecado mortal, pasando incluso a ser un logro respetable y digno de admiración; se asimilan así el ascenso social con el ascenso económico.
En el siglo XVI, la Reforma protestante, que surge como respuesta a los viejos vicios feudales de la Iglesia, se da en el seno de ciudades como Wittenberg y Ginebra. Ésta reforzó las creencias y las costumbres que los burgueses habían desarrollado a lo largo de cinco siglos. En primer lugar, marcó la separación entre este mundo terrenal y aquel reino de los cielos, retomando la teología agustiniana. En segundo lugar, hizo de la religión un “comercio” entre el individuo y Dios, sin mayores mediaciones institucionales o sacramentales. En tercer lugar, con la teología de la predestinación, que dictaba que Dios había tomado todas las disposiciones respecto a la vida terrenal y el más allá, el trabajo se confirma como destino, en la forma de profesión como un deber divino a cumplir en la tierra. Por último, recurriendo a tradiciones del antiguo testamento como el Libro de Job, el premio y el castigo se hacen cuestiones terrenales, y entonces la riqueza se valida como un premio divino, además, estipulaba una ética ascética que favorecía el ahorro.
En síntesis, para el siglo XVI la burguesía era ya un grupo social acostumbrado al trabajo y al lucro, a la experiencia profana e individual que se daba en la ciudad. El protestantismo fue la primera articulación ética que sirvió de sostén y legitimador de aquella vida burguesa, antes del desarrollo de las éticas racionalistas de filósofos como Kant (burgués y protestante, por cierto). No es casualidad entonces que allí donde la Reforma fue mayoritariamente aceptada, la vida burguesa llevara ya siglos de florecimiento. En este sentido, el protestantismo actuó como cauce espiritual de todas esas experiencias que desembocarían en la modernidad, con un nuevo sujeto: el burgués protestante como uno de sus protagonistas.
El capitalismo moderno y el protestantismo.
El capitalismo moderno es el resultado de un proceso de racionalización de las diversas esferas del sistema económico, impulsado a su vez por la racionalización de otros ámbitos sociales, como el sistema político, el jurídico e incluso las creencias religiosas. Con racionalización quiero referirme al proceso por el cual los medios se ajustan a los fines con base a la lógica, buscando la eficiencia y la eficacia, es decir, la consecución del fin sin mayores costos. El capitalismo moderno es entonces un sistema económico en el cual los medios se adoptan según los fines a alcanzar, como la ejecución de cierto trabajo o la acumulación de riqueza, a través del desarrollo de la técnica, del método y, muy a menudo, de la astucia.
La burguesía de los primeros siglos llevaba tiempo desarrollando un sistema económico capitalista, en la forma de un capitalismo artesanal y mercantil. Pero no es hasta bien entrado el siglo XVIII que esta economía tomó la forma del capitalismo tal y como lo concibe la modernidad, es decir, en la forma de industria. En este proceso de transformación del modelo económico existió un factor cultural determinante: el cristianismo protestante. Este influyó sobremanera en la adopción de las nuevas prácticas sociales y económicas por parte de las gentes, y en su consolidación en los grandes centros industriales de Europa, como Holanda e Inglaterra, cuya burguesía, clase que era ya económicamente dominante, era también protestante.
El capitalismo no surge de la reforma, ni con la reforma, pero ciertas creencias, ciertas visiones y actitudes hacia el mundo contribuyeron al desarrollo del capitalismo que atravesó la modernidad. La profesión, a la que el protestante se entregaba con fervor religioso, favoreció el desarrollo de una economía centrada en la división del trabajo en forma de especialización, desde lo técnico hasta lo administrativo. El ascetismo y la noción de recompensa promovido por el protestantismo generó grandes capitales tras siglos de ahorro, uno de los impulsores del crecimiento de la industria. La industria va a tener un mayor avance allí donde la burguesía era protestante, puesto que las nociones éticas que configuraba su cosmovisión del mundo alentaban la construcción de un modelo económico con las características antes citadas: racionalidad, trabajo especializado, ahorro e inversión.
El capitalismo moderno es hijo de otras muchas circunstancias, como el colonialismo, y no está centrada únicamente en el trabajo profesional y la austeridad del empresario, sino además en prácticas de explotación hacia el obrero industrial. No obstante, es innegable el peso que tuvo el burgués protestante, como sujeto orientado al cumplimiento de su labor profesional y a la acumulación de la riqueza, en el desarrollo que tuvo el sistema económico en la modernidad.
Estado moderno, burgués y protestante.
El Estado moderno comenzó a formarse tras una alianza entre la monarquía y la burguesía en contra de la aristocracia en diferentes países como Francia, Alemania e Inglaterra. Por un lado, el rey veía en la burguesía una fuente de riqueza nada despreciable, una fuerza económica y social que le ayudaría a arrebatar los poderes de la aristocracia y concentrar en sí mismo todo el poder. Por otro lado, la burguesía, en la lucha por defender sus intereses sociales y políticos, pero sobre todo económicos frente a la aristocracia, rescata el Derecho romano, instaurando las bases de un pensamiento contractual que a su vez dará forma al Estado moderno. Son, pues, el poder centralizado, originalmente en la cabeza de un rey, y la visión de la sociedad como un cuerpo nacido de contratos, los pilares fundamentales del Estado moderno.
Además, existe un hecho fundamental en el desarrollo del Estado moderno: la separación entre la Iglesia y el Estado, y es en este punto donde el protestantismo juega su papel más relevante en el panorama político de la modernidad. Más allá del racionalismo y el secularismo de la burguesía, y del afán de los reyes por librarse del yugo del clero, los designios teológicos de Lutero, de Calvino y de tantos otros reformadores provocó un rompimiento entre la organización política terrenal y la Iglesia como representante en la tierra de la “ciudad de Dios”.
Si bien, en la teología de la Reforma, tanto el reino de este mundo como el reino de los cielos están destinados a la gracia de Dios, ambos deben diferenciarse en cuanto a sus finalidades. El Estado está destinado al gobierno de los hombres y a la defensa de los intereses seculares, entendiendo al gobierno como una serie de procedimientos especializados y racionales. La Iglesia, por su parte, está destinada a educar el alma de estos hombres y prepararlos para la llegada a la ciudad de Dios. Tienen, por lo tanto, tareas completamente distintas, pero que a su vez se complementan, en la medida en que la Iglesia crea ciudadanos piadosos al servicio del Estado, y el Estado ayuda a mantener la moral cristiana e incluso ayuda materialmente a la Iglesia.
Hay además otras cuestiones no menores. En primer lugar, la ética profesional del burgués protestante facilitó la conformación de los ejércitos de burócratas sobre los que recaería el manejo del Estado. En segundo lugar, la definición del gobierno secular como una orden de Dios para el bienestar de los hombres, promovió la obediencia y la devoción al Estado y sus leyes. En síntesis, el protestantismo fue crucial para la consolidación del Estado moderno al aportarle una postura religiosa que lo separó de la Iglesia, facilitó la construcción de sus instituciones y creó ciudadanos obedientes y comprometidos con el destino del Estado.
Conclusión.
Podemos ver que el protestantismo surge en un contexto en el que la burguesía era un grupo social consolidado en las esferas económicas e incluso políticas. Las experiencias de este grupo, de alguna manera, habían logrado transgredir sus propias esferas y permear la religiosidad cristiana, que, por este y otros variados motivos sufrió una ruptura interna, dando origen a la Reforma. Estos dos fenómenos siguieron conectados en la medida en que propiciaron la evolución de un capitalismo artesanal y mercantil a uno industrial, y concretaron las formas que habría de adoptar el Estado en los tiempos modernos.
La importancia de comprender la relación entre la burguesía y la Reforma protestante radica en que esta misma relación, establecida en los puntos de convergencia que revisamos a lo largo del texto, determina en gran medida a la modernidad. La modernidad entendida como un periodo histórico, pero también como un conjunto de estructuras ideológicas y materiales, sistemas de pensamiento, políticos, económicos, sociales y culturales que impactan radicalmente la forma en que entendemos el mundo y nos comportamos en este en los tiempos que hoy nos competen.
Referencias bibliográficas:
Forrester, D. B. (2009). Martín Lutero y Juan Calvino. En L. Strauss & J. Cropsey (2009), Historia de la filosofía política. Fondo de Cultura Económica.
Romero, J. L. (1987) Estudio de la mentalidad burguesa. Alianza Editorial.
Weber, M. (1998) La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Ediciones Península.
Comentarios
Publicar un comentario